jueves, octubre 24, 2013

Relato: El dolor de Loe

Este es un pequeño relato, nada más.

Lo escribí hace unos años, ya ni me acuerdo cuando. Empezaba a crear un mundo en el que desarrollar una novela y decidí que la mejor manera de recrearlo sin lagunas era añadiendo historias de su pasado. Por lo que empecé a escribir historias cortas sobre el tema. 

Tened en cuenta que el texto lo escribí cuando ni siquiera había empezado a pensar en publicar una novela, por lo que tenía mucho que aprender y está abarrotado de errores; probablemente. 

Igualmente, me gustaría compartirlo con vosotros. Ojala os guste.



El dolor de Loe
De Sergio Plaza Vallejo
 Los alumnos de la clase de historia se quedaron en silencio cuando el profesor se acercó a la vieja pizarra e inició la presentación:

—Arlan es un mundo lleno de misterios. Sus tierras encierran cientos de cuentos y relatos sobre las gentes que han poblado sus montañas, playas y prados durante generaciones. Las fabulas que se escuchan sobre ellos encierran grandes historias llenas de magia; algunas ciertas y otras, por culpa de las exageraciones y los chismorreos, no tanto. —Se aclaró la garganta y puntualizó mientras iniciaba un paseo que consistía en andar de un extremo a otro constantemente—. La que abarcaremos en esta ocasión es real. Tan cierta como increíble. Y tan increíble... como desgarradora.

Se detuvo junto a su querido escritorio y abrió la tapa de uno de sus libros mientras lo alejaba del resto agarrándolo con fuerza e iniciando su lectura:

"Todo comenzó en un camino de tierra que daba a un alegre pueblo pesquero del este...
El nombre de la zona carecía de importancia, pues el hilo conductor de este relato era, ni más ni menos,  quien se encontraba en ese momento viajando a través del desgastado recorrido: un joven pajariano; una especie de humanoide con grandes rasgos aguileños. 

El pajariano se llamaba Loe, y se dedicaba a recorrer todo Arlan en busca de personas a las que ayudar. Llevaba un año ejerciendo dicho cometido y, a pesar de que nunca pedía nada a cambio, se volvió tremendamente rico en poco tiempo. Sus ropas pasaron de simples harapos, arrugados y desvencijados por las largas travesías, a majestuosas telas y su bolsa de cuero, atada por una negruzca y endeble cuerdecilla, a una mochila hecha con manos delicadas en las tierras lejanas; donde los maestros de lo artesano demostraron su devoción y gratitud entregándole piezas incalificables.

Antes, Loe solo tenía un propósito en la vida: ir a cada pueblo con el que se topara y curar con su “divinidad” a todos quienes necesitaran de su ayuda. Tan solo debía colocar su emplumada mano sobre sus frentes y cerrar los parpados. Algunos no comprendían como no aprovechaba su habilidad para cobrar grandes sumas de oro y convertirse en el curandero más famoso del mundo, pues no había ni una sola enfermedad que osara resistírsele. Pero el corazón de Loe era tan puro y grande que sus necesidades nunca se tornaron egoístas… o eso creía todo el mundo.

La divinidad del joven pajariano, o habilidad, pues no existía un nombre real con el cual definirlo, tenía una pega. Todo mal que arrancaba de los tristes cuerpos Arlanos se introducía en lo más profundo de su agotada alma provocándole grandes pesadillas y dolorosos achaques. Por supuesto, Loe nunca quiso que nadie lo supiera, y por ello lo guardó en secreto. Pero, con el paso de las estaciones, se dio cuenta de que no podía seguir así, o moriría sin poder continuar repartiendo su bondad entre la prole.

Una buena tarde, con el ocaso del Sol prácticamente entregándole el reinado a la luna, unos bandidos lo asaltaron obligándole a darles todas sus pertenencias a punta de cuchillo.

El pajariano suplicó ayuda sabedor de que era un recorrido ampliamente transitado por los lugareños, sin embargo... aún escuchándose los cascos de los caballos y las ruedas de las carrozas en la zona, nadie acudió en su ayuda. La sensación de traición y abandono que recorrió todo su ser fue indescriptible.

No supo por qué, pero en cuanto dos de los tres bandidos lo tuvieron agarrado de sus aladas extremidades, mientras el otro se preparaba para darle una horrible paliza, algo ocurrió dentro su bondadosa alma.

Nadie lo salvaría. Toda su vida socorriendo a tanta gente y cargando con su dolor, y cuando, por una vez , necesitaba a los demás, nadie iba a ayudarlo.

Algo horrible y oscuro lo volvió maquiavélico y, sin saber exactamente como, consiguió traspasar todos sus males a ambos bandidos; dejando al tercero tan terriblemente asustado que este, suplicando piedad, le devolvió todas sus cosas sin que tuviera que, siquiera, pedírselo . 

Loe agarró con todo y después, sentenció vengativo al ladrón con ceguera.

A partir de entonces, los pensamientos de Loe nunca fueron los mismos, ya que había llegado a un loco pensamiento: si existía gente que no respetaba ni valoraba su trabajo, si cuando él necesitaba ayuda nadie hacía nada por él… ¿Por qué iba a dedicar su existencia a salvaguardar la salud de los demás? ¿Por qué mejor no aprovecharse y procurarse un futuro alentador?

Decidió que desde entonces haría las cosas en su propio beneficio. Y por ello, a partir de ese día curó a las personas de un pueblo y traspasó la enfermedad sustraída, sin que nadie se percatara, a los del siguiente. De este modo, la necesidad de contratar los servicios de Loe fue creciendo por todo Arlan, llegando a ser requerido, incluso, por las familias de la alta sociedad.

El corazón de Loe se había corrompido y su alma no tenía salvación ninguna. 

Así que su paseo por el camino hacia el pueblo pesquero prometía ser un nuevo capitulo en su relato de egoísmos y engaños. Bueno… lo sería si no fuera porque una pequeña colina del camino se vino abajo en este instante. La tierra lo alcanzó como una terrible ola justiciera y lo semi-enterró prácticamente por completo.

Pero el curandero no murió, no; el final no sería tan sencillo. En vez de perecer, se pasó todo el día bajo el Sol, con tan solo los hombros y la cabeza libres, y esperando a que alguien lo socorra por casualidad.

Su espera se hizo eterna, y durante ese tiempo su odio hacia todos sus congéneres fue creciendo. A pesar de su locura, de su dolor y de sus maléficos planes,  seguía pensando que ayudaba a todo el mundo y que cuando él era quien necesita ayuda... nadie aparecía para echarle una mano. 
Tal vez la soledad que lo había vestido desde su nacimiento lo hubiera estado envenenando por dentro tanto, que su odio y maldad nacieron desde un principio por la simple carencia de familia y amigos.

Finalmente, cuando la Luna lo estaba observando atónita, pasó una anciana por  su lado; la cual rápidamente torció su espalda siendo participe de su terrible destino. Inquieta, tras saber de quién se trataba, aseguró que  iría a por ayuda y le prometió que todo iría bien.

—Volveré lo antes que me lo permitan mis desgastados huesos —lamentó—. La mala suerte ha caído hoy sobre usted, pues mi hijo suele ser robusto y sanó… —Y luego, antes de terminar la última frase, encogió la cabeza entristecida—. Pero el pobre acaba de contraer una inusual fiebre y precisa reposo absoluto. —Finalmente se marchó al pueblo pesquero todo lo rápido que sus enfermas piernas se lo permitieron.

Por supuesto, la mujer no sabía que el propio Loe ya se había encontrado con el joven cortando leña en el bosque. El pobre pajariano no era consciente, pero su ansia de maldad había cavado su propia tumba, pues, en caso de no haber actuado, quien habría aparecido en lugar de la señora habría sido el muchacho... al que maldijo con un "castigo divino" dos amaneceres antes.

Este hecho le hizo ver al pobre curandero como el destino se reía una vez más en su propia cara. Era consciente de que un hombre de gran porte y excelente salud podría haberle sacado de allí con sus manos desnudas; pero aquella mujer, una pobre anciana que apenas podía andar recto sin tambalearse, tan solo podía limitarse a buscar ayuda. 

Y así fue como él recibió su castigo...

Observaba cómo le era posible a la señora, que ya llevaba recorrido gran parte del llano que los separaba del pueblo. Pero de repente, algo se torció en los planes de Loe, pues esperaba ser rescatado a pesar de todo. La anciana cayó fulminada al suelo a causa de su débil corazón, que la había  estado atacando durante sus últimos años de vida, y pereció en silencio a pocos metros de la primera de las casas.

Loe quedó, por lo tanto, solo durante varios días; a causa de una inesperada tormenta que continuó llorando durante una larga y fría semana. Nadie atravesó el camino todo el tiempo en el que rugió y, finalmente, el pajariano murió, de hipotermia y hambre, sabiendo que el destino lo había castigado. Sus propias malas intenciones terminaron por jugársela, enseñando a todos los que escucharon, escuchan y escucharan su historia, que nunca debe uno actuar esperando conseguir algo a cambio. Pues tal vez, algún día, esa misma codicia acabe abalanzando sobre ti de la manera más inesperada." 

El profesor cerró el libro y miró a la clase para hacer un último inciso.

—Con el tiempo, y tras conocerse la noticia de su triste muerte, se plantó un árbol en su memoria; que echó raíces donde había estado su cuerpo sepultado. Pronto creció, de forma doblada y arrugada sobre sí mismo, y empezó a dar frutos de aspecto negruzco. En un principio las fabulas aseguraron que curaban los males, pero pronto las noticias se extendieron demostrando todo lo contrario. El pajariano continuó, incluso tras su muerte, repartiendo desdicha a su alrededor—. El maestro se limpió las gafas un instante y después terminó la clase con una corta despedida—: Y así nacieron las frutas de Loe, el único alimento que provoca enfermedades incurables a todo el que osa degustarlas… 

.:FIN:.

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